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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Pinochet y Allende, la traición y el sacrificio

(c)Agencia AFP

12 Sep 2013          

40 años del golpe en Chile

Pinochet y Allende, la traición y el sacrificio

"¡Llamen a Augusto, que es de los nuestros!", gritó Salvador Allende cuando el golpe de Estado ya estaba en marcha, convencido de la lealtad de Pinochet.

 
 
Pero Pinochet se había puesto rápidamente al frente de las fuerzas golpistas. Víctima y victimario, las vidas de Allende y Pinochet tenían pocos puntos en común antes de aquel día aciago.
 
 
Con 58 años, Pinochet había asumido la jefatura del Ejército apenas tres semanas antes, recomendado por su predecesor, el general Carlos Prats, quien sería asesinado junto a su esposa poco meses después del golpe en Buenos Aires, por los esbirros del dictador. Allende, un médico socialista de 65 años, lo nombró en el cargo creyendo en su lealtad.
 
 
Nadie sospechaba que sería Pinochet, considerado un general mediocre, quien derrocaría a Allende, electo presidente en su cuarto intento, el 4 de noviembre de 1970, liderando la Unidad Popular, integrada por socialistas, comunistas, radicales y otras corrientes de izquierda."Mi padre creyó hasta el final en él, porque se lo había recomendado el general Prats. Para él tiene que haber sido tremendo enterarse de su traición", narra a la AFP su hija, la senadora Isabel Allende.
 
 
Pinochet pasó a liderar las acciones golpistas pese a que "no jugó ningún rol en la gestación del golpe y sólo se subió a él 48 horas antes", afirma a la AFP la periodista Mónica González, autora del libro "La Conjura", que narra el complot para derribar a Allende.
 
 
Años más tarde, Pinochet le asegura sin embargo a una de sus biógrafas, la periodista María Eugenia Oyarzún, que el golpe lo preparaba en secreto desde un año antes: "No cabía el error (...) teníamos que librar a la patria del caos de Allende y del cáncer marxista", argumentó. El médico socialista y el astuto militar Allende llegó al gobierno con 36,3% de los votos, en su cuarta campaña presidencial, tras una vida dedicada a la política.
 
 
Nacido el 26 de junio de 1908 en el puerto de Valparaíso, 120 km al oeste de Santiago, Allende se recibió de médico y fue electo diputado a los 30 años. Luego fue ministro de Salud y más tarde llegó al Senado, donde permaneció por 25 años.
 
 
Pinochet, por su parte, fue rechazado dos veces en la academia militar y le costaba estudiar. "Él mismo explicaba que era alguien que tenía dificultad para el estudio. Fue dos veces rechazado en la Escuela Militar, sufría de jaquecas severas cuando estudiaba en exceso, y tenía calificaciones regulares que estaban en la medianía", cuenta a la AFP el periodista Juan Cristóbal Peña, autor del libro "La secreta vida literaria de Augusto Pinochet".
 
 
Allende proclamó una vía chilena al socialismo apegada a la democracia, nacionalizó el cobre y las telecomunicaciones que estaban en manos estadounidenses e impulsó la reforma agraria, pero su gobierno fue desestabilizado por una campaña de la derecha apoyada por Washington.
 
 
Precipitada la conspiración, Pinochet supo aprovechar su oportunidad histórica y se instaló en la primera línea con una astucia y voluntad de poder que nadie le conocía."Desde el primer minuto se siente un recién llegado. Por su carácter, resentido, y su gran astucia, analiza desde el primer momento que no tiene complicidad con nadie y puede imponerse", dice Mónica González. "¿Qué hace entonces un converso? Es más violento que los violentos", agrega la autora.
 
 
Nacido el 25 de noviembre de 1915 también en Valparaíso, Pinochet demostró el mismo día del golpe la crueldad que sería el sello de su dictadura, que cobró más de 3.200 víctimas. "Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... Y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando", le dijo por radio a otro militar que negociaba la rendición de Allende.
 
 
Pero el mandatario socialista iba a concretar su promesa de inmolarse en defensa de la democracia, disparándose en la barbilla con el fusil que le regaló Fidel Castro."Tuvimos una reunión y él nos dijo: yo no soy hombre de exilio, si hay un golpe militar yo me voy directo al cementerio", recuerda a la AFP Sergio Bitar, su ministro de Minería, que le acompañaba."Tenía la decisión absoluta de quedarse, resistir y demostrar que un presidente de la República ejerce su mandato hasta el final", dice su hija Isabel. Líder de una cruenta dictadura Victorioso, Pinochet impone su férrea dictadura y se jactaba de controlar hasta el movimiento de las hojas en Chile. "Pinochet era consciente que era menospreciado por sus pares. Cuando asalta el poder se empeña en eliminar a quienes le podían hacer sombra", dice Cristóbal Peña.
 
 
Junto a un grupo de discípulos de Milton Friedman, impuso un modelo al extremo liberal que logró el despegue de la economía tras la privatización de empresas y servicios del Estado. Sin embargo, Pinochet perdió un plebiscito en 1988, por medio del cual buscaba extender su dictadura hasta 1997. En 1990, le entrega el poder al demócrata cristiano, Patricio Aylwin, pero se mantiene al frente del Ejército por ocho años.
 
 
Tras dejar el Ejército, ejerció el cargo de senador vitalicio. Cubierto por esa inmunidad viajó a Londres, donde fue detenido el 16 de octubre de 1998 por orden de la justicia española por crímenes de lesa humanidad. Permaneció bajo arresto domiciliario por 503 días, hasta ser liberado por razones de salud.
 
 
A su regreso a Chile perdió influencia y los tribunales comenzaron a cercarlo. Murió el 10 de diciembre de 2006 de un infarto, sin alcanzar a ser condenado por los crímenes que nunca reconoció: "No me acuerdo, pero no es cierto. No es cierto, y si fuera cierto no me acuerdo", le dijo a un juez un año antes de morir.
Por: Agencia AFP
 
 

domingo, 25 de agosto de 2013

Chile: A Cuarenta Años: Lecciones de una dictadura

(c)ALAI, América Latina en Movimiento
2013-08-24

Chile: A Cuarenta Años: Crónica de un Golpe de Estado XIV

Lecciones de una dictadura

Álvaro Cuadra


1.- Paradoja chilena


A fines de la década de los años 80 del siglo XX, Chile y el mundo parecen inaugurar un nuevo tiempo histórico. Por aquellos años, cae el muro de Berlín, poniendo fin a la llamada Guerra Fría. Un cambio macro político destinado a abrir un nuevo curso a la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, en Chile, un plebiscito sacaba al dictador Augusto Pinochet de la primera magistratura del país. Un cambio micro político que significó el inicio de un proceloso camino hacia la restauración democrática, un camino que después de 40 años todavía no termina.


Sin tener plena conciencia de ello, el nuevo escenario nacional, e internacional, nos ofrecía lo que podemos llamar “la paradoja chilena”. Si bien el dictador se retiraba de la Moneda, refugiándose como comandante en jefe de su ejército, había dejado todo “atado, bien atado” para que la institucionalidad dictatorial siguiera presidiendo la política nacional por décadas. Con ello se garantizaba la impunidad de civiles y militares que habían actuado como verdugos, Pinochet el primero. Asimismo, se mantuvo un orden económico tremendamente ventajoso para banqueros e inversionistas criollos y extranjeros. Por último, se estructuró una legislación que dio garantías a los sectores de derecha para preservar mayorías parlamentarias mediante el llamado sistema binominal.


En pocas palabras, mientras el planeta entero enfrentaba una apertura inédita en la historia, preparándose para ingresar en procesos de mundialización, la institucionalidad chilena operó una clausura. Lejos de prepararse para cambios democráticos en la sociedad chilena, las elites locales se aferraron a una constitución heredada de la dictadura, acomodándose a ella. En una sociedad que hasta el presente se estructura casi como un régimen de castas, la constitución de Pinochet cristalizó una democracia oligárquica: clasista, excluyente y anti democrática.


De este modo, la dictadura de Augusto Pinochet fue el instrumento de una clase social para realizar el “trabajo sucio”, descabezando un movimiento popular ascendente a sangre y fuego, sembrando el territorio nacional de cadáveres. La barbarie en que se ha sumido la derecha chilena se prolonga hasta el presente bajo la forma de impunidad para los responsables –civiles y militares- de crímenes de lesa humanidad. Pero también en impedir la expresión democrática de las mayorías ciudadanas y en la represión de amplios sectores de chilenos que reclaman sus derechos, estudiantes, trabajadores.


En la hora presente y superada ya la falsa dicotomía que nos proponía como únicos modelos posibles el “socialismo real” de cuño soviético o el “neoliberalismo” de estilo occidental; surge en Chile, como en otros países de la región, la verdadera contradicción histórica y social que nos acompaña desde la independencia: Una democracia oligárquica que legitima la injusticia de los más o una democracia participativa que restituya la soberanía de nuestros pueblos.


2.- Dolores y enseñanzas


Las circunstancias históricas más aberrantes y trágicas han sido también una ocasión propicia para el aprendizaje y la reflexión. El sufrimiento individual y colectivo pareciera ser un acicate que nos muestra el significado de ciertos acontecimientos, más allá de lo intelectual, más allá de la emoción. Ni entender la racionalidad política de una acción militar ni la consternación ante la barbarie parecen suficientes ante tanto dolor y tanta muerte. Para entender cabalmente ciertos acontecimientos se requiere además “comprenderlos en su profundidad”. Esta comprensión está más allá de los conceptos y las emociones e implica una aprehensión que reclama un compromiso integral, pleno de intensidad y radicalidad, una genuina experiencia espiritual.


Desde una perspectiva tal, todo lo acontecido en Chile desde 1973 representa una degradación moral que solo puede avergonzar al género humano. El fatídico golpe de Estado protagonizado por Augusto Pinochet ha significado, ni más ni menos, poner en entredicho la “dignidad humana”, violentando los cuerpos y la vida de hombres y mujeres, muchos de ellos, desaparecidos hasta hoy. Los actos inspirados en el fanatismo homicida, en la codicia y el egoísmo solo multiplican el sufrimiento en víctimas y victimarios. La barbarie pervive cuando sigue impune, pues solo la justicia humana puede redimir parcialmente la ignominia.


Ningún uniforme es suficiente para ocultar lo que somos. Abusar o asesinar a otro, sea en nombre de cualquier ideología o creencia, es abusar o asesinar a un semejante. Este “saber moral” es aceptado por laicos y creyentes y se inscribe por derecho propio entre los derechos humanos fundamentales: el derecho a la vida. Chile ha debido compartir su tragedia con muchos otros pueblos de la tierra, el momento amargo de su dolorosa degradación. Un dolor que se expresa en miles de torturados, asesinados, desparecidos y en el luto de sus familiares. Un dolor que también se expresa en la vergüenza que ensombrece nuestro país hasta nuestros días, un dolor que se llama impunidad y se llama desigualdad e injusticia.


Las nuevas generaciones de chilenos deben aprender a vivir con las cicatrices de un pasado triste y vergonzante. Sin embargo, por lo mismo, se les impone el desafío de restituir la “dignidad” a la vida en nuestra sociedad. La dimensión profunda de nuestra historia, espiritual si se quiere, nos concierne a todos y atañe a nuestra estatura humana. No se trata de una cuestión etérea, lejana y ajena, la “dignidad” se realiza en la vida concreta de los pueblos donde cada individuo encuentra un lugar para su realización. En el presente, los chilenos estamos llamados a construir nuevos horizontes democráticos, inclusivos, participativos, que conjuguen el crecimiento material con el desarrollo moral, dejando atrás la tristeza y el rencor del siglo precedente.


3.- Fuerzas Armadas: Tarea Pendiente


Democratizar un país consiste en lo fundamental en ajustar las instituciones al amplio tejido social de la nación a la que sirve. En este sentido, se hace indispensable reconfigurar la institucionalidad chilena y eso pasa por una nueva constitución para nuestra república. Este nuevo diseño solo puede emanar de la voluntad soberana de un pueblo, cualquiera sea la forma en que ésta se exprese. Democratizar Chile es poner todas las instituciones de un estado responsable como garantía de una vida digna para hombres, mujeres y niños nacidos en este país, sin importar su condición social, su credo, ideología u origen étnico. En un Chile democrático todos deben encontrar su lugar, sin exclusiones.


En ese Chile democrático corresponde abordar el complejo problema de nuestras fuerzas armadas. Hasta el presente, se trata de un tópico que nadie quiere abordar, es un tabú político que los diversos partidos y figuras eluden, ignorando un aspecto fundamental para el presente y el futuro histórico del país. Plantear el problema de una profunda democratización de las fuerzas armadas es políticamente incorrecto, sin embargo, se trata de una cuestión insoslayable en los años venideros. Esto se explica, en parte, en el hecho evidente de que han sido las instituciones castrenses las que han protagonizado una dictadura atroz que nos avergüenza hasta hoy.


El papel de las fuerzas armadas en un Chile democrático no puede estar disociado del curso histórico del país en su conjunto. La dictadura de Augusto Pinochet y su constitución de facto politizó en extremo a los institutos armados, llegando al grotesco de asegurar a los comandantes en jefe un sillón parlamentario, formando a generaciones de oficiales en doctrinas foráneas y anti patrióticas de “seguridad nacional”, que conciben a los sectores sociales oprimidos como un “enemigo interno”. Esta profunda distorsión de la herencia de nuestros héroes sigue pesando en los cuarteles, convirtiendo a las fuerzas armadas en verdaderos gendarmes de un Estado policial.


El Chile del mañana requiere de unas fuerzas armadas democráticas, garantizando el acceso a sus institutos de todos los jóvenes chilenos sin exclusiones clasistas como acontece en la actualidad. Las instituciones de la defensa nacional requieren recuperar un nuevo sentido de patriotismo, tan profundo como generoso. En tanto instituciones del Estado chileno, no es aceptable que sean convertidas en cotos cerrados donde reina el nepotismo, como una entidad parásita y ajena a los problemas del país. Una democracia robusta no puede desarrollarse mirando al mundo militar como una amenaza presente o futura. Construir una nueva relación con los uniformados en un país democrático es uno de los grandes desafíos de Chile en el presente siglo, una nueva relación que deje atrás la triste historia que ya conocemos.


4.- Lecciones de una dictadura


Suele acontecer en la historia que tras muchas décadas se vuelve en espiral al mismo punto de partida, pero en un nivel cualitativamente distinto. El caso del golpe de Estado en Chile, pareciera confirmar esta sentencia. Al observar las últimas décadas se constata que las razones profundas que llevaron en su momento, a la elección de Salvador Allende y su singular “vía chilena al socialismo” nunca han desaparecido. El fundamento último de la llamada Unidad Popular fue la aspiración de una parte importante de la población de ver realizadas sus aspiraciones de justicia social frente a una democracia oligárquica por definición desigual y excluyente.


Si bien el pasado, el presente y el futuro constituyen categorías temporales, lo cierto es que el imaginario histórico y social se define más bien como una “experiencia histórica”, esto es, como un tiempo vivido. En este sentido, todo “ahora”, tal y como nos enseña Benjamin, actualiza su pasado histórico como un “otrora” un presente diferido que adquiere una nueva significación en una circunstancia actual. Ese “otro ahora” no ha desaparecido de la subjetividad colectiva, está allí cristalizado en recuerdos, testimonios, imágenes, en fin, está inscrito simbólicamente como una posibilidad cierta. No se trata desde luego, de reeditar experiencias históricas sino de reconocer en ella su fundamento histórico y moral.


Desde esta perspectiva, la superación de la Guerra Fría y su falsa oposición entre un socialismo de cuño soviético o un capitalismo al estilo occidental, torna más nítido el carácter histórico político de la fisura latinoamericana. En efecto, en este “ahora” del siglo actual surge con mayor claridad el imperativo de dejar atrás las formas arcaicas de una democracia oligárquica sedimentada desde los albores de nuestra independencia y cuya expresión más reciente es la constitución de facto impuesta por una dictadura militar.


La guerra de Augusto ha sido el intento más acabado de refundar un país, afirmando, al mismo tiempo, su tradición oligárquica. Esta empresa, empero, está llegando a su fin. Como señaló el mismo Allende aquel histórico 11 de septiembre de 1973: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. Tales palabras adquieren hoy su sentido más pleno y profundo, pues las nuevas generaciones retoman los pasos de un proceso democrático cuyo sentido es el mismo de hace cuarenta años: el anhelo de una mayor justicia social para las mayorías.


Es cierto, otros son los protagonistas, otras las voces. Es cierto, muy diversas las circunstancias del mundo y de nuestro país. Otros los matices de la historia presente, mas los gritos y demandas en las calles nos traen los ecos de ese otrora que reclama su presente. Hay un sutil hilo de seda que atraviesa el tiempo aparente, diríase un mismo espíritu que anima dos épocas separadas por tanto dolor, por tanto silencio. Es la marcha humana de muchedumbres en las calles, hombres, mujeres, niños, construyendo su destino en el océano infinito de tiempo y de historia, su propia historia.


- Álvaro Cuadra es investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS, Chile.

Lecciones de una dictadura